
Fausto Pretelin Muñoz de Cote
Editor y columnista en El Economista. Maestro en Dirección Internacional.
Ya han pasado 206 días del inicio del gobierno del presidente Donald Trump y no ha viajado a México el Secretario de Estado Marco Rubio. Tampoco la Casa Blanca le ha extendido una invitación a la presidenta Sheinbaum.
En el corto plazo Trump no tiene entre sus planes visitar México. (¿Vendrá a la inauguración del Mundial de Futbol?) La última vez que lo hizo fue el miércoles 31 de agosto de 2016. Lo hizo como candidato presidencial. Peña Nieto lo invitó.
Pronto se cumplirán siete meses y lo único que se sabe desde la “sala de las buenas noticias”, es decir, de las conferencias de prensa en Palacio Nacional, es la lectura del himno nacional mexicano.
“Cooperación, pero no subordinación”; “cabeza fría”; “no va haber invasión”; “soberanía, soberanía y soberanía”; “aranceles”. La nube de palabras sobre Estados Unidos, de la presidenta Sheinbaum, ya está cargada.
No hay información valiosa publicada por la Secretaría de Relaciones Exteriores sobre el estado que guarda la relación bilateral.
Marcelo Ebrard tiene dos carteras: es secretario de Economía y secretario de Relaciones con Estados Unidos. Relaciones Exteriores, supuestamente, está bajo encargo del doctor psiquiatra Juan Ramón de la Fuente quien, de continuar con la tendencia, pasará a la historia como el canciller mexicano que menos viajes al exterior haya hecho.
Tampoco se le ve activo al embajador Esteban Moctezuma. Era más dinámico organizando los coros infantiles de TV Azteca que persuadiendo a los integrantes del Capitolio. Su desempeño como embajador en Estados Unidos es, sin duda, uno de los más anémicos que se tenga memoria. Él lo sabe, por esa razón se videograbó en enero para avisar al país que él es el embajador de México en Estados Unidos.
No lo sabíamos.
La relación entre México y Estados Unidos no es diplomática, es disfuncional.
AMLO le aplicó una “pausa” al embajador estadounidense Ken Salazar. En realidad lo hizo en contra de Estados Unidos.
La operación de extracción de Ismael Zambada fue la humillación que el presidente Biden dedicó a AMLO. Hoy, y gracias al operativo, el gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya se asemeja a un zombi. Camina y tiene gafete de funcionario público, pero la realidad es otra: políticamente está muerto.
El estratega
Es Marco Rubio el estratega de la relación bilateral.
Siendo senador Rubio desconfiaba del gobierno de AMLO. En mayo de 2022 ubicó a AMLO como “el cabecilla” que intentaba boicotear la Cumbre de las Américas en Los Ángeles. El mexicano se atrincheró en un berrinche: si el presidente Biden no invitaba a los dictadores de Cuba y Venezuela, entonces no iría.
Rubio definió a AMLO como “un presidente que tiene palabras duras para líderes democráticamente electos en Estados Unidos, pero elogios para un dictador en Nicaragua, un narcotraficante en Venezuela y una tiranía marxista en Cuba”.
AMLO no fue a Los Ángeles.
Lo peor vendría después. Han pasado 206 días sin que Rubio haya viajado a México porque le ha puesto una pausa a la relación con México.
Hijo de inmigrantes cubanos, Rubio no olvida que AMLO premió a Díaz-Canel con el Águila Azteca y también decidió contratar a médicos cubanos que son tratados como esclavos por el régimen.
Entre 2023 y 2024 los gobiernos de AMLO y Sheinbaum han enviado a Cuba, a través de Gasolinas Bienestar S.A. de C.V., más de 12 millones de barriles de petróleo según reportes de la Securities and Exchange Commission (SEC); su valor comercial supera los 200 millones de dólares.
El dilema de la presidenta Sheinbaum es: continuar regalando petróleo a Cuba o proteger el T-MEC, el seguro de vida económico de México. Bajo una diplomacia dogmática, el riesgo económico se dispara.
¿Quedar bien con las dictaduras de izquierda, pero hundir la economía?
Frente al eterno debate sobre si México es o no es un Estado fallido, Trump decidió catalogar a los cárteles del narcotráfico como grupos terroristas.
Para Marco Rubio, ha llegado el momento en que políticos mexicanos vinculados al narcotráfico deben de ser llevados tras las rejas.
De ocurrir, AMLO enfurecería: líder moral de un movimiento químicamente puro (secta de la moral) quedaría en total desprestigio.
De hecho, ya lo está.




