El juego del calamar, el reality que no perdona la vida

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Editor y columnista en El Economista. Maestro en Dirección Internacional.


La empatía es aliada del rating. El Juego del Calamar creó al personaje 456 (Lee Jung-jae) como héroe de los que podrían ser los Juegos Olímpicos de la Naturaleza Humana. donde el incentivo más eficiente, bajo el control total de la concupiscencia, es el dinero.

“Conócete a ti mismo”, frase socrática en los diálogos de Platón (pero antes, la lucidez del aforismo ya brillaba en el Templo de Apolo en Delfos), la desarrolló con destreza el personaje 456; a través de él millones de telenetflixdentes tomaron partido por la bien frente al masivo mal. Sortear la muerte es un milagro.

La tercera y última temporada de la serie coreana ha roto un nuevo récord de Netflix. Los datos de la plataforma revelan que el primer fin de semana (tres días) de su estreno recibió 60.1 millones de visualizaciones, frente a los 68 millones que vieron la segunda temporada, pero en cuatro días.

La primera temporada, estrenada en 2021 fue vista en 265 millones de ocasiones. Era la época del post covid, cuando la vida fue apreciada por el planeta entero dado el número elevadísimo de fallecidos.

El director coreano Hwang Dong-hyuk representa fielmente la nueva generación de un país que ha atravesado el planeta a través de su soft power: K-Pop, el K-imchi, el K-beauty y la tecnología. Ingredientes de un cóctel apreciado por el mundo entero.

El señor Hwang creó el oxímoron jamás pensado (ni siquiera Las Vegas), el ángulo lúdico de la muerte. Juegos llenos de metáforas donde el mundo de deshumaniza frente al dinero.

El Juego del Calamar es la apología máxima por los reality shows. Las distopías orwellianas convertidas en utopías para el peatón que es increpado por la buena/mala suerte; seducido para participar en el único reality que no perdona la vida.